Debo confesarte que el día que te vi, mientras iba a mi casa en bicicleta, me quedé impresionado por tu belleza y casi me la doy contra un coche (y luego por mirar si habías reparado en mi estupidez, casi me la doy contra una vieja que intentaba cruzar la calle).
Pasado mi momento de desastre, te seguí para ver dónde ibas, tan hermosa y natural. Para mi sorpresa ibas a tu casa. Y sobre la vereda en la que se erguía tu portal, pinté un corazón rojo profundo al día siguiente.
Me escondí cerca, para ver tu expresión de asombro, pero no me encontré ni siquiera con esas llamadas malas palabras, tan habituales, las cuales hubiese preferido, y más si venían de tu padre. Pero aquel hombre sólo se dedicó a borrar mi corazón con hirientes baldazos de agua fría sin decir nada. Pero bien, no estaba dentro de mis planes el quedarme con la herida, y decidido pinté un corazón nuevo cada día hasta que la pintura roja se terminó. Nuevamente ni eso, ni los obligados y diarios baldazos de agua iban a hacerme recular en mi bosquejo. No hasta que no vieras uno de mis corazones.
Fue así que pinté corazones verde esmeralda, celestes, naranjas y hasta en acrílico blanco y negro, pero nunca viste ninguno. Y aunque pueda parecer malo, ya pintado en tu vereda el primer corazón negro, pensé en lo mal que podrías tomar mi mensaje: ¿Eran aquellos corazones de colores bizarros e in atinentes expresión de mis sentimientos? No había en esa acción de preguntarse, nada artístico… o eso pensaba yo, sabiendo que mi intención era otra. Dicho en cariñosas palabras: levantarte.
Ni bien el agua y otros químicos más eficientes, se llevaron las últimas notas de mi corazón negro, cambié el plan.
Crié y entrené una cantidad considerable de palomas en mi propia casa con el fin de que llevaran hasta vos, las cartas y los poemas que te escribí sin saber ni siquiera tu nombre. Pero si me permitís aseverar en este discurso, esas palomas eran unas turras.
Ninguna de ellas llegó a tu ventana, ni siquiera a la puerta. Por el contrario, la paz indómita e indomable viajó por calles y terrazas extrañas, entregando los poemas y las cartas a residentes y transeúntes no menos extraños.
En cuestión de semanas (bueno, meses… para no mentir sobre mi capacidad creativa) hubieron por todo el barrio, señoras mayores llenas de felicidad porque ése amor de juventud, que le escribió tantos versos, aún las recuerde con amor. Hubo adultos solteros con nuevos obsequios para sus enamoradas. Hubieron muchachitas con admiradores secretos y muchachitos son un chamullo más sutil.
Sin querer, por mi timidez y mi afán de conquistarte; conquistar tu exquisito perfume, tus labios de canela… por mi afán de enamorarte, llené de románticos toda la ciudad.
Y esta carta simplemente es para que sepas quién adecuó las palabras, que te pronuncian, cuando salís a caminar.
Texto de un amigo mío... Fede, no te conozco mucho, pero sos un ídolo escribiendo
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